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Se Burlaron de Su A-10 Dañado Hasta Que Reconocieron Su Emblema-eirian

Croft salió del último giro esperando encontrar la cola de mi A-10 frente a su mira, pero lo que apareció ante él fue mi morro apuntándole desde el centro de la cuenca.

Había entrado demasiado rápido.

Yo había llegado antes, había cortado potencia, abierto los frenos aerodinámicos y obligado al Warthog a girar dentro de un espacio donde su interceptor no podía aprovechar aquello que lo hacía superior en cielo abierto.

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Velocidad.

Croft tuvo apenas unos segundos para comprenderlo.

—¡Rompe, rompe! —gritó Stanton por radio.

Croft tiró de la palanca y su avión comenzó a subir con violencia hacia mi derecha.

Yo no intenté seguirlo como lo habría hecho un caza.

No podía.

Mi A-10 estaba dañado, era más pesado y jamás había sido construido para perseguir un interceptor supersónico en vertical.

Así que hice lo contrario.

Mantuve el morro dentro de la cuenca y dejé que Croft gastara espacio, combustible y concentración intentando escapar de una trampa que él mismo había cerrado detrás de sí.

Stanton lo entendió antes.

—Pierce, sal del cañón.

—La tengo.

—No, ella te tiene a ti.

Croft respondió con una maldición y volvió a bajar.

Eso confirmó algo que yo llevaba casi dos minutos midiendo.

No estaba pensando como parte de una formación.

Estaba pensando como un hombre al que habían retado delante de otro piloto y necesitaba demostrar que podía ganar.

El orgullo también tiene velocidad.

Y también tiene un radio de giro.

Incliné el A-10 hacia la pared izquierda de la cuenca.

Croft interpretó el movimiento como otro intento de fuga y volvió a colocarse detrás de mí.

Stanton insistió.

—No la sigas.

Croft ignoró la orden.

Aceleró.

Yo esperé.

Las paredes de piedra pasaban tan cerca que distinguía las franjas claras de la roca mientras el avión vibraba alrededor de mí.

Una advertencia parpadeaba en el panel izquierdo.

Otra seguía encendida desde antes de entrar al cañón.

No necesitaba que ninguna pantalla me recordara que mi margen era pequeño.

Lo sentía en los controles.

El A-10 todavía obedecía, pero ya no respondía con la limpieza de una aeronave intacta.

Croft comenzó a acercarse.

—Ahora sí —dijo.

No contesté.

Frente a mí, el barranco se estrechaba antes de dividirse alrededor de una enorme columna de piedra.

Yo había visto esa formación en el mapa del relieve antes de entrar.

No era una salida.

Era una decisión.

A la derecha había un paso más ancho que permitía mantener velocidad.

A la izquierda, un corredor corto obligaba a reducirla antes de un giro cerrado.

Tomé la izquierda.

Croft volvió a reír.

—Se encerró sola.

Stanton ya no sonaba molesto.

Sonaba preocupado.

—Pierce, no entres ahí.

Croft entró.

Yo reduje potencia apenas lo suficiente para obligarlo a acercarse otra vez.

Su interceptor apareció grande en el espejo.

Demasiado grande.

Entonces llevé el A-10 hacia el borde interior del giro y dejé que sus alas hicieran lo que aquel avión sabía hacer mejor a baja velocidad: seguir trabajando cuando un aparato diseñado para correr necesitaba espacio.

Croft tuvo que abrirse.

Durante una fracción de segundo quedó desplazado hacia la parte exterior del corredor.

Su morro ya no apuntaba donde él quería.

El mío sí.

No disparé de inmediato.

Esperé a que quedara claro que si él insistía tendría que cruzar frente a mí para recuperar la línea.

Lo hizo.

Apreté el gatillo.

El GAU-8 rugió.

BRRRT.

La ráfaga no duró más de lo necesario.

Croft desapareció detrás de una pared de polvo y fragmentos desprendidos cuando su interceptor salió del corredor perdiendo control y altura.

No vi un impacto final.

No tenía tiempo para mirar.

Stanton estaba ahí.

Su señal apareció en mi receptor casi al mismo tiempo que su voz.

—Kinsley.

Fue la primera vez que dejó de hablarme como si yo fuera solamente otro contacto enemigo.

—Stanton.

—Pierce no escuchó.

—Tú sí puedes hacerlo.

Hubo una pausa breve.

—Todavía puedes salir de ahí —dije.

Él soltó una respiración corta.

—Eso dijiste hace tres años.

Mis manos se endurecieron sobre los controles.

Hasta ese momento yo había supuesto que Stanton conocía el reloj de arena por historias de pilotos.

Ahora entendía que sabía algo más.

—Entonces sabes por qué no estoy jugando contigo.

—Sé que perdiste a un compañero.

No respondí.

Tres años antes, durante aquella extracción en las montañas, mi compañero había sido derribado y mi avión había regresado con parte de un estabilizador vertical arrancado.

El resto se había convertido en rumores porque los informes permanecieron cerrados y a los pilotos les encantaba llenar los vacíos con leyendas.

Widowmaker.

Nunca me gustó.

No había nada heroico en volver sin la persona que debía regresar contigo.

El reloj de arena negro no celebraba una victoria.

Era un recordatorio.

Tiempo prestado.

Tiempo que alguien más quizá no tenía.

Por eso Mitchell seguía abajo con sus hombres.

Y por eso yo no había volado hacia el sur cuando me lo ordenaron.

Stanton seguía sobre mí, buscando una posición desde la cual pudiera atacarme sin repetir el error de Croft.

Era más disciplinado.

Eso lo hacía más peligroso.

—Hog Uno-Uno —entró la voz del controlador—, tengo una aeronave hostil todavía contigo y una segunda señal descendiendo rápidamente al oeste de tu posición.

Croft.

Seguía en el aire.

Malherido, quizá, pero no fuera de la pelea.

Eso cambió la situación.

Yo había conseguido romper la persecución, no terminarla.

—Estado de la columna —pregunté.

—Siguen recibiendo presión desde el norte.

Mitchell entró sobre la misma frecuencia.

—Vick, todavía tenemos movimiento detrás del humo.

Esa era la única información que necesitaba.

Mi pelea nunca había sido realmente contra Stanton y Croft.

Ellos eran el obstáculo.

Los soldados en tierra eran la misión.

Giré hacia la salida occidental de la Espina del Diablo.

Stanton reaccionó de inmediato.

—No vuelvas al corredor.

—¿Ahora das consejos?

—Si sales de ese cañón, puedo derribarte desde distancia.

—Entonces tendrás que decidir si me quieres a mí o quieres impedir que llegue con Mitchell.

No respondió.

Pero cambió de posición.

Eso bastó.

Había dejado de perseguirme por orgullo.

Ahora intentaba anticiparme.

Era mejor que Croft.

También era más predecible.

Un piloto que piensa en la misión siempre protege el punto que considera decisivo.

Así que le mostré uno falso.

Subí hacia una abertura amplia del cañón como si fuera a salir directamente sobre el corredor.

Stanton se desplazó para interceptarme.

Esperó arriba, donde su velocidad y sus sensores volvían a darle ventaja.

Yo mantuve el ascenso hasta que su posición quedó comprometida.

Luego bajé otra vez.

—Claro —murmuró él.

Tomé un barranco paralelo.

No conducía directo hacia Mitchell, pero terminaba varios kilómetros al sur de la columna.

Croft volvió a aparecer detrás de nosotros.

Su voz había perdido toda burla.

—Mi sistema hidráulico está cayendo.

—Sal de combate —ordenó Stanton.

—Puedo continuar.

—Eso ya no es una sugerencia.

Croft guardó silencio.

Yo miré el receptor.

Su señal comenzó a alejarse.

Por primera vez había obedecido.

Quedábamos Stanton y yo.

—Una oportunidad —dijo él.

—¿Para quién?

—Para los dos.

—Yo ya tengo una misión.

—Y yo tengo un contrato.

Ahí estaba.

No patriotismo.

No venganza.

No una guerra personal nacida de aquella historia de las montañas.

Un contrato.

Stanton y Croft eran contratistas privados, pilotos de interceptores sin marcas nacionales, y su objetivo inmediato había sido sacarme del corredor para dejar sin apoyo a la columna de Mitchell.

Yo no necesitaba saber quién les pagaba para entender lo que significaba.

Mientras yo siguiera entreteniéndolos, los soldados ganaban minutos.

Mientras yo regresara, podían ganar una salida.

—Entonces haz tu trabajo —dije.

Empujé potencia.

El A-10 salió del barranco y comenzó a ascender lo justo para librar la cresta.

Stanton estaba donde esperaba.

Su radar me encontró.

Mi alerta gritó dentro de la cabina.

—Misil —avisó el controlador.

Lo vi salir.

No tenía seis segundos cómodos ni una pared perfecta que me cubriera.

Solté señuelos y lancé el avión hacia el lado opuesto de la cresta.

La estructura tembló.

El misil pasó lo suficientemente cerca para golpearme con su onda y varias advertencias nuevas aparecieron en el panel.

El A-10 se sacudió como si alguien hubiera golpeado el fuselaje con un martillo gigante.

Pero siguió volando.

—Hog Uno-Uno, reporta daños.

Moví los controles.

Respuesta lenta.

Todavía respuesta.

—Sigo aquí.

Mitchell escuchó aquello.

—Eso no sonó bien.

—No fue bonito.

—Tenemos una ruta al oeste si puedes cubrirnos treinta segundos.

Treinta segundos.

A veces una misión completa cabe dentro de medio minuto.

Salí de la protección del terreno y vi el corredor otra vez.

Los vehículos dañados seguían dispersos en el lodo.

Los soldados de Mitchell se desplazaban entre posiciones improvisadas mientras otras amenazas avanzaban desde la línea de árboles.

Stanton venía detrás.

Yo podía girar hacia él.

Podía intentar repetir el juego del cañón.

También podía usar los segundos que me quedaban para hacer aquello para lo cual mi avión había sido construido.

Elegí a Mitchell.

—Marca el frente de tu movimiento.

—Recibido.

Entré en picada.

El terreno creció rápidamente bajo la mira.

Una amenaza apareció entre humo y árboles.

Corregí.

Apreté el gatillo.

BRRRT.

El vehículo se detuvo.

Más hombres comenzaron a moverse hacia el oeste.

Stanton estaba cerrando.

—Veinte segundos —dijo Mitchell.

Volví a colocar el morro.

Segunda amenaza.

Otra ráfaga.

El cañón vibró a través de todo el avión.

—Diecisiete.

El receptor gritó.

Stanton me tenía.

No podía permanecer recta.

Rompí el ataque, bajé casi hasta el terreno y crucé sobre el corredor mientras Mitchell y su gente avanzaban por debajo.

—Doce segundos.

Stanton pasó alto sobre mí.

Había tenido una oportunidad.

No disparó.

Eso me sorprendió más que cualquier amenaza suya.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—Evitando cometer el error de Croft.

—Eso no responde.

—Cinco segundos —gritó Mitchell.

Otro vehículo enemigo salió del humo.

No tenía un ángulo limpio con el cañón.

Incliné el avión.

El A-10 protestó.

Una alarma se quedó fija.

—Tres.

La mira cruzó el objetivo.

Disparé.

BRRRT.

Mitchell gritó:

—¡Estamos fuera!

La columna alcanzó la cobertura occidental.

Por primera vez desde que habían aparecido los interceptores pude dejar de pensar en los hombres de tierra durante más de un segundo.

Stanton seguía conmigo.

No había desaparecido.

Tampoco había disparado cuando tuvo la oportunidad más clara.

—Tu contrato acaba de fallar —le dije.

—Sí.

—Entonces vete.

—No puedo.

Miré el combustible.

Luego las advertencias.

Mi avión no estaba en condiciones de sostener otra persecución larga.

Stanton lo sabía.

—Croft está perdiendo control —dijo—. No llegará lejos.

Comprendí entonces por qué seguía ahí.

No era por mí.

—Quieres ir por él.

—Sí.

—Hazlo.

—Si giro, tú podrías atacarme.

—Podría.

—¿Y no lo harás?

Miré el reloj de arena negro bajo mi cabina, invisible desde mi asiento pero presente en mi cabeza con la misma claridad que el día en que había sido pintado.

Tres años antes yo había permanecido en las montañas porque uno de los nuestros estaba abajo.

Stanton había reconocido aquel símbolo como una advertencia.

Nunca entendió lo que realmente significaba hasta ese momento.

—Ve por tu piloto —dije.

Stanton no contestó de inmediato.

Después su interceptor giró hacia el oeste.

Yo no lo seguí.

El controlador protestó.

—Hog Uno-Uno, el hostil se está separando. Confirma intención.

—Confirmo que se retira del corredor.

—¿Tienes capacidad para perseguir?

Miré mis instrumentos.

—Negativo.

No era completamente mentira.

Tampoco era toda la verdad.

Regresé hacia Mitchell.

Mi A-10 volaba torcido, con varias advertencias activas y un comportamiento que me obligaba a corregir constantemente.

Cuando la voz del sargento volvió a entrar por radio, ya no tenía aquella respiración desesperada del principio.

—Hog Uno-Uno, estamos contando gente.

Esperé.

—¿Y?

—Todos los que salieron del primer ataque están con nosotros.

Solté el aire que llevaba reteniendo sin darme cuenta.

Eso era suficiente.

No perfecto.

Nunca lo era.

Pero suficiente.

El controlador me dio un rumbo de salida y comencé el regreso a baja velocidad.

Durante varios minutos nadie mencionó a Stanton.

Después llegó una transmisión débil en la frecuencia internacional.

—Kinsley.

Reconocí su voz.

—Te escucho.

—Encontré a Croft.

No pregunté por detalles.

—¿Puede salir?

—Está intentando llevar el avión hasta terreno abierto.

—Entonces ayúdalo.

Otra pausa.

—Ahora entiendo el reloj de arena.

Negué con la cabeza aunque él no podía verme.

—No entiendes nada.

—Creía que era una amenaza.

—Lo sé.

—¿Qué significa?

Miré hacia el corredor que quedaba detrás de mí.

Mitchell y sus hombres ya no estaban donde los había encontrado.

Habían ganado tiempo suficiente para moverse.

Eso era todo.

—Que el tiempo no siempre te pertenece —respondí.

Stanton permaneció en silencio unos segundos.

Luego la señal se desvaneció.

El vuelo de regreso fue lento.

Cada corrección en los controles me recordaba que el Warthog había recibido más castigo del que cualquier piloto desea explicar después ante un equipo de mantenimiento.

Cuando finalmente puse las ruedas en tierra, no hubo una formación esperando ni una celebración de película.

Había personal revisando el avión, gente haciendo preguntas y varias miradas largas dirigidas al fuselaje dañado.

Uno de los técnicos pasó la mano cerca de una zona golpeada sin tocarla.

—Capitana, ¿qué hizo con mi avión?

—Lo regresé.

—Apenas.

—Pero regresó.

El hombre miró el reloj de arena negro bajo la cabina.

Luego negó con la cabeza.

—Un día va a tener que dejar de asustar a la gente con eso.

—Yo no asusto a nadie.

Él soltó una risa.

—Claro.

Horas después llegó la confirmación de que la columna de Mitchell había alcanzado una posición segura.

También supimos que los dos interceptores privados habían abandonado la zona de combate.

No hubo un relato limpio sobre Croft.

No lo necesitaba.

Lo importante para mí era que Stanton había elegido retirarse para ayudar a su compañero en lugar de continuar una pelea que ya no podía cumplir su objetivo.

Tal vez alguien convertiría eso en otra historia exagerada.

Tal vez dirían que la Widowmaker había derribado dos cazas supersónicos dentro de un cañón.

No sería cierto.

Había obligado a uno a cometer errores.

Había obligado al otro a elegir.

Y había mantenido a ambos lejos de los soldados el tiempo suficiente.

Días después, Mitchell apareció cerca de mi avión mientras el equipo seguía trabajando en él.

Se quedó mirando los paneles abiertos, las marcas del combate y la pintura desgastada.

—Así que este es el famoso monstruo.

—Es un avión.

—Mis hombres no opinan lo mismo.

—Tus hombres deberían agradecerle al equipo que lo mantiene volando.

Mitchell levantó la vista hacia el reloj de arena.

—¿De verdad te llaman Widowmaker?

—Algunos.

—¿Te gusta?

—No.

—Entonces no lo usaré.

Asentí.

Eso me cayó mejor que cualquier felicitación.

Mitchell metió una mano en el bolsillo y sacó una pequeña pieza de metal doblada que habían recuperado de uno de sus vehículos dañados en el corredor.

—No sabía si traerla.

—¿Qué es?

—Nada importante.

Me la entregó.

Era solo una placa deformada, manchada de lodo seco.

—Uno de mis hombres dijo que deberías quedártela porque el vehículo estaba justo donde hiciste la primera pasada.

La giré entre los dedos.

No necesitaba otro recuerdo de una pelea.

Ya tenía suficientes.

Así que se la devolví.

—Dásela al conductor.

—¿Por qué?

—Porque volvió con ustedes.

Mitchell miró la placa y sonrió apenas.

—Entendido.

Se alejó con ella en la mano.

Yo me quedé frente al A-10 mientras un técnico cerraba uno de los paneles reparados.

El reloj de arena negro seguía ahí, raspado y cubierto de polvo, exactamente donde Stanton lo había visto cuando la luz entró por el cañón.

Durante años otros pilotos habían creído que era una advertencia dirigida al enemigo.

Una promesa de lo que podía pasar si alguien me perseguía demasiado lejos.

Nunca lo fue.

Era una promesa que me hacía a mí misma.

No desperdiciar el tiempo que otros estaban comprando con el suyo.

Aquella tarde, sobre el Corredor Kestrel, Croft pensó que estaba cazando un avión lento.

Stanton creyó reconocer a una piloto peligrosa.

Ambos se equivocaron en lo mismo.

Yo no los había llevado a la Espina del Diablo para demostrar que un A-10 podía vencer a dos interceptores en su propio juego.

Los había llevado ahí porque mientras ellos miraban mi cola, no estaban mirando a Mitchell.

Mientras intentaban atraparme entre las paredes del cañón, los hombres en tierra seguían teniendo una oportunidad.

Y cuando finalmente di la vuelta para esperar a Croft de frente, la trampa nunca consistió solamente en poner mi cañón delante de su avión.

La verdadera trampa había comenzado mucho antes.

Desde el instante en que ellos decidieron que el aparato más lento del cielo también tenía que ser el más fácil de vencer.

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